lunes, 9 de febrero de 2009

El Eternauta (reseña)

Tenía unas referencias muy difusas sobre este cómic del que jamás había leído nada hasta primeros del año pasado. Por un lado un muy buen amigo mío no hacía más que hablar maravillas de esta obra, y aunque siguiendo su criterio he leído obras maestras del cómic a las que a priori jamás me habría acercado, también disfruta con cómics underground y algunos europeos que jamás fui capaz de terminarme. Por otro, el look del protagonista, al menos en la imagen más conocida de este cómic, con esa especie de traje de submarinista con la escopeta no me llamaba para nada la atención. Sí, esa que aparece en todas las portadas que he visto y la que luce también en la edición 50 aniversario de Norma. Así que con todas estas reticencias, me decidí a acercarme a la anunciada como la máxima obra del cómic argentino aprovechando esta edición integral y su buen precio (22€ por 368 páginas tal y como está el mercado no está mal). Baste decir que no sabía lo que me estaba perdiendo hasta ahora.

La historia eterna

La historia comienza una noche de 1957 (año de publicación del cómic) cuando un hecho sobrecogedor sorprende a Germán, un guionista de cómics. Frente a él aparece de la nada un hombre que se presenta como El Eternauta y que empieza a contarle su historia. Una historia que empieza con una catástrofe terrible, una nevada mortal sobre Buenos Aires mata a todo el que toca, dejando la ciudad desierta y con contados supervivientes atrapados en sus casas (de ahí el look del protagonista), conformando un misterio creciente que se apodera del lector y lo envuelve en una sorprendente historia de ciencia-ficción de esas que reinaban en la época, pero con todos los matices de un Robinson Crusoe moderno, como una metáfora de liberación política que vivía entonces Argentina y que lamentablemente se puso de nuevo en vigor pocos años después (y se repite eternamente a lo largo y ancho de la historia de la humanidad). Estos matices de superación humana y de connotaciones políticas son los que han reflotado El Eternauta una y otra vez, resaltando lo que para mí es una de sus mayores virtudes: es una aventura atemporal y que sin duda (yo sólo la he leído una vez) se revaloriza con cada nueva lectura que se haga de ella.

Este nuevo reflote de la historia de El Eternauta toma matices proféticos si tenemos en cuenta que en la dictadura Argentina que fue de 1976 a 1983, el 27 de abril de 1977 Oesterheld fue secuestrado junto a sus hijas y desde entonces sigue desaparecido. Lo que años después proporciona nuevas lecturas y duros matices a esta historia eterna.

Otro de los puntos fuertes de El Eternauta, es su localización tan próxima y tangible para sus lectores de la época (y para los actuales gracias a la globalización), como es Buenos Aires, nombrando constantemente sus calles, avenidas y sitios emblemáticos, usándolos para mostrar la desgracia de perderlo todo y para arrastrar a Juan Salvo (nuestro Eternauta) y sus compañeros en una lucha desigual de contra la adversidad y la desesperación, convirtiéndose en una de las mayores lecciones de humanidad que pueda nadie enseñarnos a través de un relato de ficción.

La única traba inicial que tendrá que enfrentar el lector ante El Eternauta es heredera de su publicación en entregas de pocas páginas a lo largo de más de 100 semanas en la revista Hora Cero (4 de Septiembre de 1957), lo que obliga por formato a que más a menudo de lo deseable se produzcan continuos recordatorios de lo ocurrido anteriormente. Esto puede resultar machacón y pesado, y alguno diría que cuesta meterse en la historia con tanta pausa sumaria, pero una vez superado este escollo (sobre todo si se llega con él conocido, comprendido y asumido) no creo que a nadie le cueste sumergirse, ya sea con escafandra o sin ella, en la aventura de El Eternauta.

El dibujo eterno

Aunque para mí el punto fuerte de la obra es ante todo el guión de Oesterheld, en parte porque no me llamaba la atención ni el diseño del personaje ni el crudo blanco y negro de sus páginas, no hay que dejar de reconocer el mérito que tiene Solano López en plasmar toda esa mezcla de urbana realidad con la fantasía de la ciencia-ficción, en un Buenos Aires reconocible (arriba el estadio de River) y con unos personajes tan humanos como pueden serlo. Aunque la historia nos lleve a través de drama y desesperación a lo largo de muchas de sus páginas, esto no sería posible sin la excelencia de las expresiones faciales del artista que fue capaz de proporcionar todas estas emociones en una mirada del protagonista a través de esas incómodas gafas y esa mortal nieve. Además, siempre me pareció más difícil de trabajar con el formato apaisado, ya sea por falta de costumbre o porque no veo los mismos artificios típicos del medio igual de impactantes aquí, pero eso para mí no hace más que sumarle méritos a Solano López. Tratándose de esta obra parece que hablar de él sea como bailar con la fea, pero mientras más se remiran las páginas y se piensa en las limitaciones del blanco y negro, los medios de reproducción había en la época, pocas veces el dibujo hizo tanto mérito de un buen guión.

¿El Fin del Eternauta?

Cuando apenas me restaban 30 páginas para concluir El Eternauta me sentía angustiado por la llegada del final. La mezcla de intriga por conocerlo y la pena por abandonar a esos personajes tan reales a su suerte era lo único que me rondaba la cabeza cuando me aproximaba a lo que no podía ser más que un trágico desenlace. Y así, de repente, en menos páginas de lo que uno se podría esperar, Oesterheld resuelve la historia de un modo magistral, fiel al espíritu del género, del mensaje de El Eternauta y cerrando la historia pero dejando un infinito horizonte de historias imaginadas.

Pocos años después de terminar El Eternauta y ser exitosamente recopilado, se hizo una especie de remake con dibujos de Alberto Breccia (que me gusta mucho) con un nulo éxito por lo transgresor del dibujo de este último. Además, poco antes de su secuestro (en 1975), Oesterheld y Solano López realizaron una segunda parte que enlaza directamente con la historia original y en la que un rebelde Oesterheld, en la clandestinidad, volcó mucho de propaganda política revolucionaria e incluso se atrevió a coprotagonizar más allá de como mero narrador. Además en la década de los noventa otros guionistas crearon otras secuelas futuristas e incluso en 1999 tuvo un fallido intento tipo cómic-book americano.

Ahora que Lucrecia Martel prepara la adaptación al cine de El Eternauta para el año que viene, es un excelente momento para ponerse con su lectura, aprovechando que la recopilación está tan a mano y que pronto podremos ver esa nieve mortal en movimiento. Hay grandes expectativas puestas en la película de la que apenas se ha vislumbrado esta imagen.


La secuela, protagonizada casi tanto por Oesterheld como por Juan Salvo, ya está en mis manos, e Historietas Argentinas está reeditando mucho material que incluye esta secuela de los propios autores y la posterior, Odio Cósmico. Es improbable que tengan el nivel que tiene la obra original, y antes de sumergirme en estas obras derivadas ya encuentro nuevas y sobrecojedoras satisfacciones en la primera viñeta de la historia original...

"Hacía frío, pero a veces me gusta trabajar con la ventana abierta: mirar las estrellas descansa..."

NOTA:
Esta reseña debía haberse publicado hace ya un año, pero como iba a aparecer en otra web como parte de un concurso de reseñas para Norma, he estado esperando que esa publicación se llevara a cabo. Finalmente he optado por publicarla.



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2 comentarios:

Alberthor dijo...

Muy buena reseña, te pasó lo mismo que a mí en cuanto al rechazo inicial para leerlo, pero una vez leido qué maravilla. Ahora soy reacio a leer la continuación por esa carga política. He estado tentado en más de una ocasión, pero soy de la idea de que en cuanto la política toca algo se lo carga.

Ahora espero de este autor el tomo de "Mort Cinder" que dicen es otra maravilla narrativa y gráfica (que en este arte van de la mano normalmente). Aún así esperré tus reseñas sobre la continuación para ver si me animo o no.

Saludos!

FranciX dijo...

Ya te digo que esta reseña lleva escrita como un año, así que te adelanto que la segunda parte no merece tanto la pena, aunque haré una reseña.

Pierde mucho del carácter humanista de la primera para ganarlo en el romanticismo del rebelde que lucha contra una fuerza mayor que él, casi sin esperanza de ganar.

Aunque tiene cosas en común, carece de esa sorpresa y opresión que tiene la primera parte.

Afortunadamente hay más material agentino que merece la pena. Ahora estoy con Gilgamesh.

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