jueves, 26 de marzo de 2009

Los Cómics de mi Vida (I): La máquina del cambiazo

Empiezo esta nueva sección repasando algunas de esas obras que fueron germen inequívoco de mi afición. Y ahondando en los orígenes de la misma, no puedo evitar recordar un tomo de Super Humor de esos de lomo rojo y numeración en números romanos (así que debía ser de Bruguera) que de tanto llevar de un sitio para otro y leer y releer acabó sin tapas y debió desaparecer en alguna limpieza general de la casa cuando yo era aún muy pequeño. A ver si algún día consigo averiguar exactamente qué número exacto era para hacerme con él y guardarlo con la nostalgia propia de los recuerdos de infancia.

De las historias que contenía aquel Super Humor, sólo recordaba la de La Máquina del Cambiazo (1970?). La historia de uno de los primeros inventos del profesor Bacterio que consistía en una especie de armario de hierro en el que, introduciendo unas coordenadas, se intercambiaba a la persona que se introducía en la máquina con las de la persona/animal/cosa que estuviera en esas coordenadas. Aunque la máquina estaba pensada para capturar maleantes, como era de suponer, da lugar a situaciones muy graciosas que venían casi siempre de lo azarosa de las coordenadas o de la situación en que se encontraba el objetivo a capturar. En esta historia, y otras de esta primera época, se acaba estableciendo el patrón de las futuras aventuras largas de Mortadelo y Filemón (esta es la séptima historia larga del dúo); la llamada de El Super, las famosas entradas secretas, la huida ante la peligrosa misión que se avecina, encontrarlos escondidos en la otra punta del globo, los transportes especiales de la TIA, y como siempre esas viñetas finales de alguien que busca a otro para "discutir amablemente" sus respectivas desgracias.

El genio de Francisco Ibáñez se muestra en ese arte tan completa de repetirnos el mismo chiste una y otra vez y que siempre tenga ese detalle que lo hace diferente y especial. Podríamos recopilar esas viñetas finales y ver que aunque representan la misma escena repetida, siempre encontraremos las claras diferencias que las hacen distintas unas de otras. El mérito de Ibáñez es el de ser capaz de repetir lo mismo siempre de forma diferente, y más cuando en aquella época aún mantenía una producción altísima.

Aunque existen otras historias largas de Mortadelo y Filemón, esta es de la que guardo ese recuerdo especial y entrañable que le hace a uno rejuvenecer 20 años.

Gracias a la colección de Clásicos del Humor de RBA he podido recordar otras dos historias de Mortadelo que tenía de pequeño: La caja de los diez cerrojos (8ª historia larga) y Los Invasores (20ª, de la que creo que calqué cientos de veces a los extraterrestres que allí aparecían). La pena ha sido que en esta colección hayan recopilado las historias de la 1 a la 6, y la 8, para saltarse mi esperada Máquina del Cambiazo. Al final tendré que buscar qué numero de Superhumor era el que tenía de pequeño.



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